cataratas de iguazu
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Relato de un viaje a las Cataratas

Antes que nada lector, debo advertirte que este no es un posteo típico de un blog de viajes. No hay reseñas de hoteles ni recomendaciones de restaurantes. No hay guías ni itinerarios para aprovechar el tiempo ni mapas con los puntos más interesantes. Lo que sí hay es una historia que tuvo lugar en Iguazú y que como tantas otras, me gusta contar.


Las Cataratas del Iguazú nunca me llamaron mucho la atención. Mi papá siempre insistía en ir pero a mi la idea de la humedad y los insectos no me atraía para nada.

En un (no tan) confuso episodio conocí a Ari, a quien siempre menciono como #Novio. Ari todavía no era ese hashtag pero ya compartíamos la curiosidad por conocer nuevos lugares y nos impulsábamos todo el tiempo a buscar nuevos destinos.

Sin formalidades, sacamos un vuelo por un fin de semana para Iguazú. No recuerdo bien cómo fue que nos pareció interesante, pero de golpe nos encontrábamos saliendo un viernes de la oficina y yendo directo a Aeroparque.

Era julio y en Buenos Aires hacía frio, pero llegamos a una ciudad donde en pleno invierno volvimos a ponernos musculosas y shorts.

Esa noche descansamos porque la excursión del día siguiente empezaba a las 6 am. Íbamos todo el día al lado argentino. Desayunamos con mucha ansiedad aprovechando todo lo que ofrecía el buffet del hotel.

Pienso en el momento en que entré al parque y empecé a escuchar el ruido del agua y se me pone la piel de gallina. Me acuerdo que se me humedecieron los ojos y que cuando tuve el primer salto de agua enfrente no podía creer cómo no había querido conocer ese lugar antes.

Las cataratas me maravillaron. Creo que inmediatamente entró en el top uno de los viajes express con la distinción de ser el que más me sorprendió.

Fue un día intenso donde aprendimos de los árboles y la fauna, nos dormimos una siesta al sol y tomamos helado. También nos metimos en una lancha que nos llevó atrás de una de las cataratas y terminamos empapados.

Esa noche, bastante cansados, fuimos a un bar de hielo sin cenar. La entrada incluía todos los tragos que pudieras tomar en media hora. Terminamos con una alegría de adolescentes en viaje de egresados y un hambre voraz.

Encontramos un restaurante familiar elegante y así crotos como estábamos, nos metimos a cenar. No me olvido más la cara de la gente cuando nos vió entrar en short de jean y buzo.

Nos reímos mucho. Nos importó poco desencajar. Comimos las que creí en ese momento mejores pastas del mundo y volvimos a dormir porque al día siguiente nos íbamos a Brasil.

Fiel a nuestro estilo rata, a las Cataratas del lado brasilero fuimos en bondi de línea. Fue un buen trayecto, nada malo por decir, hasta nos dejó en la mismísima puerta del parque.

Había mucho viento que levantaba agua y nos mojaba bastante, pero nos parecía absurdo gastar 5 reales en capas descartables.

En una de las pasarelas, atestada de turistas a los que les veníamos escapando, Ari me preguntó si coincidía con él en que ese era la vista panorámica más linda del viaje. Y la verdad es que sí!

Era una inmensidad de agua cayendo con una fuerza descomunal frente a nosotros. Formando arcoiris por todos lados. Pájaros volando por el medio de los saltos. Me hacía sentir mil cosas: por un lado, ínfima; por otro creía ser parte del entorno; y por otro estaba agradecida por lo que estaba viendo.

Mi ensimismamiento se cortó con un “sacale una foto” de Ari. Me paré frente a la baranda y con el celular tomé una fotografía horizontal que no logro encontrar hoy. Ahí sentí su abrazo por la espalda y su “ya sacaste?”. Asentí.

Y entre palitos de selfie y un turista chino que nos empujaba para tomar una foto, Ari me preguntó si quería ser su novia. Ahí empezó a ser hashtag novio.

Y sí, es cursi la historia. Pero para que mentirles, me encanta.

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